Entrevista con Edgar Alvarez Estrada, de Teatro Me Llamo Rachel Corrie

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Crítica de Alma Torices (Visión MX) a “Me llamo Rachel Corrie”

Unipersonal basado en la vida de una joven estadounidense que observa incongruencias entre la política de estado y las necesidades humanas.

Sin duda cuando vemos a través de la televisión la ‘verdad’ de quienes la transmiten, fácilmente podemos tomar partido por los involucrados en el lugar de las víctimas y comenzar a generar emociones adversas por aquellos que, según esta visión, están ‘atacando a la humanidad’. Seguramente así ha pasado cuando estamos ante un conflicto bélico, un pueblo sabe los motivos de sus acciones, el otro pueblo sabrá los móviles que lo llevan hasta ahí, pero también habrá gente de ambos pueblos que sólo quiera vivir en paz, poder salir a la calle a comprar su comida y disfrutar de una tarde haciendo la tarea con sus hijos, independientemente del pueblo al que pertenezcan. ¿Acaso no es humano el deseo de paz?

Los miércoles en el Granero del Centro Cultural del Bosque estamos ante una puesta en escena que atrapa emocionalmente a los espectadores sin llegar al éxtasis del llanto o de las confesiones del momento; se trata de un trabajo escénico respetuoso que levanta la voz para poner en la conciencia de los espectadores la visión de los otros. El teatro, a través de la historia, nos deja ver las costumbres de los otros, que somos nosotros, y de los otros que son los del ‘otro lado’. La guerra, fenómeno humano, despoja la paz de quienes la padecen, pero también de quienes la pagamos; así diversas organizaciones internacionales se han unido para tratar de evitar, frenar y disminuir la agresión en los civiles –al menos- a través de campañas informativas que dejan en cada uno la responsabilidad de los productos que se consumen. Mientras las personas no sabemos lo que compramos, es fácil adquirir objetos por el precio, por la calidad o por la imagen, sin embargo cuando la información pertinente llega y sabemos que un ‘inocente’ refresco –la chispa de la vida- es el equivalente a una bala que podría ser detonada en la escuela de tus hijos, ahí la percepción cambia; no sólo de los refrescos sino del aparato de consumo y el fin último de esos ingresos.

¿Y la gente? Si la guerra la hacen los gobiernos, ¿por qué los que mueren son los civiles? Entre la información al alcance de la tecnología, la efervescencia de una generación que cuestiona las acciones de sus ‘adultos-autoridades’ y que no encuentra respuesta –como ya se ha visto en otras generaciones atrás-, decide ir al frente de batalla, como cinturón humano, como activista internacional, como ayuda humanitaria, como persona, simplemente como persona en defensa de los derechos de todos, de los que están allá y de los que nos quedamos a pagar esas guerras.

Si los musulmanes son o no son gente buena, eso sólo lo puede decidir usted conscientemente informado, por favor, de ahí la importancia de esta puesta en escena que nos trae la experiencia de una joven llamada Rachel Corrie, que vivió sus últimos meses en la franja de Gaza, hasta que un vehículo militar pasa por encima de ella y de sus deseos de paz, precisamente al momento de ponerse a la vista de quien pretendía demoles una vivienda civil. No la vieron, afirman ellos. No pudieron no verla, afirman los otros, los que presenciaron todo.

Teatralmente la puesta está resuelta con elementos que se significan según sea el caso, verá usted, el inicio en una habitación, pero también viajaremos dentro de una camioneta oficial de un hospital psiquiátrico, por ejemplo. Una mesa que después es parte de los escombros. Una pared desde el inicio dividida claramente que se va abriendo –si es que los tramoyos no la sacuden durante la función- conforme la historia lo va pidiendo. Tres frentes para apreciar esta historia conmovedora e inteligente.

La expresión de la miseria humano nos toca porque somos parte de ese grito de denuncia; no se trata de quien está en lo cierto, se trata de la vida que fomentamos con políticas gubernamentales de las que, o no se participa o se ignoran, se trata de voltear la mirada a esos otros que también somos nosotros y de decidir acciones precisas.

Esta maravilla tecnológica ha permitido que las personas cuenten con otras fuentes informativas y ello ha favorecido el cambio de visión: las guerras no se hacen entre buenos y malos, la ‘bandera’ de los derechos humanos ya no basta para que los civiles de todo el mundo sigamos escuchando ese discurso fundamental, pero insuficiente ante la masacre que conlleva. Ciertamente las condiciones humanas desfavorables son asunto de todos, pero si los pueblos deciden conservar sus creencias, costumbres y acciones sociales ¿qué derecho tiene otro pueblo en arrebatarles esa paz ancestral? Se habla de la opresión, pero ¿cómo ‘salvar’ a quién no quiere ser salvado? Es tanto como evitar que el creyente guadalupano que avanza sobre sus rodillas con nopales espinosos en ellas mientras se flagela y convencido canta sus alabanzas, siga cada año con tal tradición. ¿Y quién ha luchado contra esa injusticia, contra tal acto deshumano? Cientos de mujeres son golpeadas en los hogares mexicanos por mantener la creencia de la familia unida, del rol sumiso y de las obligaciones propias del género, ¿eso se acaba con guerras que destruyen ciudades? Quizá usted, amable lector de este espacio de recomendaciones teatrales, tenga las mismas reflexiones, o quizá usted ni siquiera haya considerado esto. Pues sea una u otra su postura, lo invitamos a que acuda al teatro este miércoles y sea parte de una puesta en escena íntegra. Analizando la puesta, podemos decir que cada uno de los elementos que la componen (luz, escenografía, utilería, vestuario, música, efectos sonoros y multimedia) están armónicamente integrados tanto como la actuación de María Inés Pintado, quién además, es físicamente parecida a la joven R. Corrie, ya lo verá usted al final de la puesta. Déjese consentir en esta puesta en escena que toca su emoción de manera inteligente y que le permite a usted darse el momento de sentir más allá de alarmarse.

Ojalá y este esfuerzo artístico sea de su agrado y decida usted tomar parte activa de este mundo global en el que el vuelo de un mariposa nos ‘toca’ a todos.

“Vida antes de la muerte”, LA DIABLA/Reforma ( de Vera Milarka)

Nota sobre “Me llamo Rachel Corrie”

LA DIABLA/Reforma ( de Vera Milarka)

Vida antes de la muerte

Mientras unos especulan si hay “vida después de la muerte”, otros intentamos demostrar, por todos los medios, “que hay vida antes de la muerte”. Pero quienes se disputan el poder del mundo hacen como si ese grito, que ellos mismos ahogan, no se escuchara; quizá porque están tratando de conseguir una rareza de paz, lograda únicamente a través de la guerra.

“Se trata de dignificar las condiciones de vida, sólo de eso, de vivir”… dice Édgar Álvarez Estrada director de la obra Me llamo Rachel Corrie, de Alan Rickman y Katherine Viner, basada en las cartas y los diarios de la activista estadounidense aplastada por un buldozer el 16 de marzo de 2003 por defender la vida de los civiles palestinos.

De la cruenta invasión israelí habla esta puesta, un tema que sobrepasa la “anécdota” de la estudiante de 23 años que vive en carne propia, primero la violencia genocida, y más tarde un acto literalmente demoledor contra sí y los derechos humanos.

El espectro de lo que denuncia va más allá de una postura política, ese maniqueísmo que tanto sirve a los poderosos para deslindarse de sus responsabilidades no es medular, sino lo que prevalece es la denuncia de aquellos sistemas globalizados que operan sin respetar ninguna vida, en nombre de cualquier bandera, y en contra de cualquier tipo de rebelión ante la impunidad.

Más allá de los éxitos de esta obra en otros países, cuyas críticas positivas -de cuando menos dos premios Nobel-haría a algunos salir corriendo a comprar los boletos en el Teatro El Galeón donde se presenta, me toca abonar por un teatro mexicano que impulsa al espectador a pensar el mundo como suyo, y en su realidad particular.

Este monólogo, a cargo de María Inés Pintado, logra evidenciar el aspecto psicosocial de aquella joven menuda, de moral inquebrantable, con una sensibilidad pacífica y tersamente humana; dejándonos la sensación de haber conocido a Rachel desde su inocencia y hasta su etérea monotonía desgarrada bajo una lluvia tapizada de balas e ignominia.

El logro del equipo productor y creativo se expresa netamente en las tonalidades atemperadas de la actriz, en la sobriedad simbólica de una escena que nos mantiene en una tensión serena, expectante; en esa intimidad que proporcionan la revelación de las cartas a sus amistades y padres, a quienes vemos “aparecerse”, al tiempo que sus diarios nos permiten entrar en su fragilidad invisible, especie de ángel humanizado, cuyo destino trágico sabemos, pero que en el fondo deseamos que la ficción nos permita revertir la realidad de lo irremediable.

El director materializa la crueldad asesina ante nuestros ojos, amoldando la convención teatral sin melodramatismo; hay una deliberada consigna de “despertarnos” con la suficiente distancia emocional para no sucumbir a la tentación de volver la historia un momento lacrimógeno, motivante y pasajero. Se nos invita a profundizar concienzudamente los hechos.

Esa es su fortaleza, acaso también en algún punto su debilidad. El espectador necesita la punción escénica climática, para liberar la catarata de emociones encontradas (como hallazgo y como polaridad) ante un hecho que es un cataclismo y que nos derrumba como humanidad, si pensamos en el modo en que Rachel Corrie murió sin que todos, de algún modo, sintamos un poco de vergüenza al menos….

El maestro Miguel Ángel Granados Chapa expresó en su columna, lo que para mí fue su última voluntad: “Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, que permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete”.

Y yo agregaría, como ofrenda a su deseo, conferirle a esta obra la visibilidad de dicha transmutación imaginada por el maestro.

vera.milarka@yahoo.com.mx

Carta de Harold Pinter para el NYTimes

In Defense of a Play

Published: March 22, 2006
To the Editor:

Re “Theater Addresses Tension Over Play” (Arts pages, March 16):

We are Jewish writers who supported the Royal Court production of “My Name Is Rachel Corrie.” We are dismayed by the decision of the New York Theater Workshop to cancel or postpone the play’s production. We believe that this is an important play, particularly, perhaps, for an American audience that too rarely has an opportunity to see and judge for itself the material it contends with.

In London it played to sell-out houses. Critics praised it. Audiences found it intensely moving. So what is it about Rachel Corrie’s writings, her thoughts, her feelings, her confusions, her idealism, her courage, her search for meaning in life — what is it that New York audiences must be protected from?

The various reasons given by the workshop — Prime Minister Ariel Sharon’s coma, the election of Hamas, the circumstances of Rachel Corrie’s death, the “symbolism” of her tale — make no sense in the context of this play and the crucial issues it raises about Israeli military activity in the occupied territories.

Rachel Corrie gave her life standing up against injustice. A theater with such a fine history should have had the courage to give New York theatergoers the chance to experience her story for themselves.

Gillian Slovo
Harold Pinter
Stephen Fry
London, March 20, 2006
This letter was also signed by 18 other writers.

http://www.nytimes.com/2006/03/22/opinion/l22corrie.htm…

“Me llamo Rachel Corrie” Por Mario Vargas Llosa Para LA NACION

Si pasa usted por Nueva York, olvídese de los suntuosos musicales de Broadway y trate de conseguir una entrada en un pequeño teatro cálido y desvencijado, el Minetta Lane Theatre, en la calle del mismo nombre, en la frontera entre Greenwich Village y Soho. Si la consigue y ve la obra que allí se presenta, My Name is Rachel Corrie, descubrirá lo estremecedor que puede ser un espectáculo teatral cuando hunde sus raíces en una problemática de actualidad y, sin prejuicios y con talento y verdad, representa en un escenario una historia que, por 90 minutos, nos instala en el horror contemporáneo por medio de una muchacha que, en su corta existencia, jamás pudo soñar que daría tanto que hablar, despertaría tantas polémicas y sería objeto de tanta reverencia y amor, así como de tantas calumnias.

La obra se estrenó el año último, en el Royal Court Theatre, en Londres y debió vencer grandes obstáculos para llegar a Manhattan. Las presiones de organizaciones extremistas pro israelíes consiguieron que su primer productor, el New York Theater Workshop, desistiera de montarla, lo que provocó manifiestos y protestas en los que participaron artistas e intelectuales de renombre, entre ellos Tony Kushner. Al fin, el espíritu liberal y tolerante de esta ciudad se impuso y ahora la obra, que ha merecido excelentes reseñas, funciona a sala llena.

El texto es un monólogo de la protagonista, encarnada en una joven actriz de mucho talento, Megan Dodds, elaborado por Alan Rickman y Katharine Viner a partir de los diarios, cartas a sus padres y amigos y otros escritos personales de Rachel Corrie. Nadie diría que una obra tan bien estructurada y que fluye de manera tan natural, sin el menor tropiezo, en la electrizante hora y media que dura, no fue concebida como un texto orgánico, por un dramaturgo profesional, sino hecha sólo de citas y remiendos.

Rachel nació en Olympia, un pueblo del estado de Washington y, por lo visto, desde niña se acostumbró a dialogar consigo misma, por medio de la escritura, en unos textos que muestran, de manera muy fresca y a ratos risueña, la provinciana vida de una muchacha que llega a la adolescencia, como tantas otras de su generación en los Estados Unidos, llena de desasosiego y confusión, presa de una rebeldía sin norte, un estado de ánimo profundamente insatisfecho y contra su vida privilegiada y el horizonte estrecho, pueblerino, en que discurre. Alienta la vaga intención de ser más tarde poeta, cuando crezca y se sienta capaz de emular a esos autores cuyos versos lee sin tregua y memoriza.

No hay en ella nada excepcional, más bien las experiencias previsibles en una jovencita de clase media, normal y corriente, desconcertada ante el mundo que va descubriendo, sus entusiasmos con las canciones y los cantantes de moda, los efímeros coqueteos con los compañeros de estudios y, eso sí, constante, una insatisfacción informulada, la búsqueda de algo que, como la religión para los creyentes –ella lo es sólo a medias y en todo caso la práctica religiosa no colma ese vacío que a veces la atormenta– de pronto dé a su vida una orientación, un sentido, algo que la impregne de entusiasmo.

Esta parte de la historia de Rachel Corrie no es menos intensa ni interesante que la segunda, aunque sea menos dramática. Lo singular, dada la evolución de su historia personal, es que entre todas las inquietudes de que dan testimonios sus escritos privados, la que no figura ni por asomo es la política, algo que refleja muy bien una condición generacional. Hace treinta años, los jóvenes norteamericanos canalizaban su rebeldía y su inquietud en comportamientos, atuendos, aficiones, gestos, todo aquello nimbado en algunos casos de un discreto anarquismo individualista o, en el otro extremo, de una militancia religiosa, pero la política solía merecerles la indiferencia más total, cuando no el más abierto desprecio.

En la obra, tal vez porque este momento crítico de su existencia no quedó documentado en sus escritos, hay un gran paréntesis, aquel período que lleva a la jovencita provinciana que aspira a ser algún día poeta, a dar un paso tan audaz como ofrecerse, a comienzos del año 2003, como voluntaria para ir a luchar pacíficamente a la Franja de Gaza contra la demolición, por el ejército de Israel, de las casas de vecinos emparentados o relacionados con los palestinos acusados de terrorismo.

En el primer momento pensé que Rachel Corrie había ido a trabajar con mi amigo Meir Margalit, uno de lo israelíes que más admiro, en su Comité de Israel Contra la Demolición de Casas, sobre quien he hablado ya en esta columna. Pero, no, Rachel se inscribió en el Movimiento Internacional de Solidaridad, conformado sobre todo por jóvenes británicos, estadounidenses y canadienses que, en los territorios ocupados, yéndose a vivir en las viviendas amenazadas, tratan de impedir –sin mucho éxito, ni qué decirlo– una acción moral y jurídicamente inaceptable, pues parte del supuesto de una culpa colectiva de una población civil que debe ser castigada en su conjunto por los crímenes de individuos aislados.

Las cartas que Rachel escribe a padres y amigos desde Rafah, en el sur de Gaza, revelan una progresiva toma de conciencia de una joven que descubre, compartiéndola, la miseria, el desamparo, el hambre y la sed de una humanidad sin esperanza, arrinconada en viviendas precarias, amenazada de balaceras, de redadas, de expulsión, donde la muerte inminente es la única certidumbre para niños y viejos. Rachel, aunque duerme en el suelo como las familias palestinas que la acogen y se alimenta con las mismas magras raciones, se avergüenza de los cuidados y cariño que recibe, de lo privilegiada que sigue siendo, pues en cualquier momento ella podrá marcharse y salir de esa asfixia y, en cambio, ellos…

Lo que más la aflige es la indiferencia, la inconsciencia de tantos millones de seres humanos, en el mundo entero, que no hacen nada, que ni quieren enterarse de la suerte ignominiosa de este pueblo en el que ella está ahora inmersa.Era una joven idealista y pura, vacunada contra la ideología y el odio que ella suele engendrar, por la limpieza de sus sentimientos y su generosidad, que se vierten en cada línea de las cartas que dirige a su madre, explicándole cómo, a pesar del sufrimiento que ve a su alrededor –los niños que mueren en las incursiones israelíes, los pozos de agua cegados que dejan en la sed a manzanas enteras, la prohibición de salir a trabajar que va hundiendo en la muerte lenta a miles de personas, el pánico nocturno con las sirenas de los tanques o los vuelos rasantes de los helicópteros– hay de pronto, a su alrededor, en la celebración de un nacimiento o una boda o un cumpleaños, un estallido de alegría, que es como un abrirse un cielo de tormenta para que se divise allá, lejísimos, un cielo azul esplendoroso, lleno de sol.

Para cualquier persona no cegada por el fanatismo, el testimonio de Rachel Corrie sobre una de las más grandes injusticias de la historia moderna –la condición de los hombres y mujeres en los campos de refugiados palestinos, donde la vida es una pura agonía– es, al mismo tiempo que sobrecogedor, un testimonio de humanidad y de compasión que llega al alma (o como se llame ese residuo de decencia que todos albergamos).

Para quienes hemos visto de cerca ese horror, la voz de Rachel Corrie es un cuchillo que nos abre una llaga y la remueve.

El final de la historia ocurre fuera de la obra, con un episodio sobre el que Rachel no tuvo tiempo de testimoniar. El domingo 16 de marzo de 2003, con siete compañeros del Movimiento Internacional de Solidaridad –jóvenes británicos y estadounidenses– Rachel se plantó ante un bulldozer del ejército israelí que se disponía a derribar la casa de un médico palestino de Rafah. El bulldozer la arrolló, destrozándole el cráneo, las piernas y todos los huesos de la columna. Murió en el taxi que la llevaba al hospital de Rafah. Tenía 23 años.

En la última carta a su madre, Rachel Corrie le había escrito: “Esto tiene que terminar. Tenemos que abandonar todo lo otro y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto se termine. No creo que haya nada más urgente. Yo quiero poder bailar, tener amigos y enamorados, y dibujar historietas para mis compañeros. Pero, antes, quiero que esto se termine. Lo que siento se llama incredulidad y horror. Decepción. Me deprime pensar que esta es la realidad básica de nuestro mundo y que, de hecho, todos participamos en lo que ocurre. No fue esto lo que yo quería cuando me trajeron a esta vida. No es esto lo que esperaba la gente de aquí cuando vinieron al mundo. Este no es el mundo en que tú y mi papi querían que yo viviera cuando decidieron tenerme”. .

“Me llamo Rachel Corrie”, un canto a la paz palestino-israelí

“Me llamo Rachel Corrie”, un canto a la paz palestino-israelí
Estos días se está presentando en México la obra dramática “Me llamo Rachel Corrie”, un monólogo pacifista inspirado en una joven estadounidense asesinada por una aplanadora israelí en marzo de 2003. Sin quererlo esta universitaria estadounidense se convirtió en un símbolo de la paz en el contexto del conflicto palestino-israelí.

No es normal que ese conflicto llegue hasta nosotros pero lo ha hecho casi como pretexto, en una magnífica obra de teatro montada por Edgar Álvarez y por María Inés Pintado. Se estrenó en 2005 de mano de Alan Rickman, de la Royal Court de Londres. Estuve viéndola hace unos días y hablé con los protagonistas, director y actriz.

Edgar me contaba que el proyecto le llamó porque “pone en el centro de la discusión los derechos humanos”. “El tema me movió mucho, no exclusivamente por que sea la guerra entre Palestina e Israel, sino tratar de ubicar una guerra lejana y que se nos volviera cercana. En México estamos viviendo otra guerra parecida (del Estado contra las organizaciones criminales, aunque sea otro tipo de guerra”.

Pintado, que da vida a Corrie y a sus parientes, señala que protagonizar la obra fue “un regalo” que le ayudó a “profundizar en el tema de Palestina”. “Ha sido muy complicado el proceso”, tres meses de trabajo hasta la puesta en escena. Explica que la actuación ha sido su reto mayor hasta ahora, un trabajo sobre “un tema importante, universal, una oportunidad de sensibilizar un poco a la gente con respecto a la violencia tan espantosa que estamos viviendo en el mundo”.

Rechaza de que Rachel sea una mujer ingenua por querer cambiar el mundo. “Era una persona visionaria, tenía un gran espíritu de lucha y era una gran artista, escribía muy bien. Era de esos pocos seres que existen o que existieron, todavía, que quieren poner su granito de arena”.

La obra se mantiene en cartelera del teatro El Granero, en el Centro Cultural El Bosque hasta finales de noviembre. Merece mucho la pena, me hubiera gustado mucho ir con mi pequeña.

Se estrena la obra Me llamo Rachel Corrie, con un mensaje que invita a frenar la violencia en el mundo

Se estrena la obra Me llamo Rachel Corrie, con un mensaje que invita a frenar la violencia en el mundo

Thursday, 06 October 2011 11:20 Staff
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Tolerancia pero sobre todo paz es el mensaje que transmite al espectador la puesta en escena Me llamo Rachel Corrie, cuyo estreno se llevó a cabo la noche de este miércoles 5 de octubre en el teatro El Granero, Xavier Rojas del Centro Cultural del Bosque.

Basado en un hecho real, la actriz María Inés Pintado interpreta a Rachel Corrie, joven estadounidense de 23 años que viaja a la Franja de Gaza para conocer más sobre el conflicto entre Israel y Palestina como miembro del Movimiento por la Justicia y la Paz.

Rachel conocerá de cerca el sufrimiento humano en el que hombres, mujeres y niños se enfrentan a ráfagas de fuego, la pérdida de sus hogares y la muerte para descubrir que lo importante es no confundir la política del estado israelí con el pueblo judío.

La protagonista pasará del asombro a la indignación y aparecerán las dudas sobre creer en la verdad ante tanta indiferencia, además de cuestionar la fe y la bondad del ser humano.

A través de un relato en primera persona, Rachel se dirige al público para hablar de su infancia, sus habilidades en la oratoria, sus motivaciones para ayudar a los demás, su interés en personajes como Martin Luther King y Salvador Dalí, su paso por la secundaria y la Universidad de Yale, así como su relación un tanto complicada con sus padres.

La acción teatral se desarrolla en la habitación de la joven, conformada por una cama, un pequeño escritorio y una silla, que más tarde se transforma en un campo de batalla en el que se escuchan disparos, gritos y ruidos de ambulancias.

En algunos momentos se observa al personaje que escribe mensajes de correo electrónico a su madre, a quien le cuenta la forma en que trabaja sólo con seis voluntarios para apoyar a familias palestinas y a heridos inocentes.

El montaje ofrece una proyección de video que cuenta con el testimonio de un amigo de Rachel que narra de manera estremecedora la forma en que murió en marzo de 2006 mientras se oponía a la destrucción de hogares palestinos en la Franja de Gaza.

También se observan imágenes de la real Rachel Corrie y fragmentos de un discurso que dio ante sus compañeros del colegio en quinto grado sobre los niños que padecen hambruna en el mundo.

Bajo la dirección de Edgar Álvarez Estrada y con el apoyo del Conaculta-INBA y la fundación Fertilizando el Esfuerzo, esta puesta en escena es un monólogo que invita a parar con la violencia en el mundo a través de diálogos poderosos y reflexivos que tocarán la conciencia del espectador.

Me llamo Rachel Corrie se presentará  todos los miércoles a las 20:00 horas hasta el 30 de noviembre (2 de noviembre no hay función) en el teatro El Granero, Xavier Rojas del Centro Cultural del Bosque, atrás del Auditorio Nacional.

http://www.mayacomunicacion.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=2617%3Ase-estrena-la-obra-me-llamo-rachel-corrie-con-un-mensaje-que-invita-a-frenar-la-violencia-en-el-mundo&catid=29%3Acultura&Itemid=297

Me Llamo Rachel Corrie: Una mujer incandescente

Me Llamo Rachel Corrie: Una mujer incandescente

Me Llamo Rachel CorrieLos derechos humanos y cómo son transgredidos es el centro del monólogo “Me llamo Rachel Corrie”, escrito por Allan Rickman y Katherine Viner, mismo que da cuenta de un retazo de realidad contemporánea, esas guerras que sojuzgan, que generan una gran violencia, y por ello mismo, una desolación interminable. La muerte que acecha y que asesta su golpe certero en el momento más inesperado.

Rachel Corrie es una muchacha universitaria norteamericana;  que por sus ideales, se ve involucrada en el conflicto del Medio Oriente y el precio que paga es caro. De su lugar natal apacible, ella se sumerge  en una bola de fuego, que la hará compenetrarse más allá de sus demonios interiores.

Rachel Corrie es interpretada con veracidad, soltura y un toque sensible por María Inés Pintado, no hace falta insistir que un monólogo es la prueba de fuego de un actor o una actriz.

Texto dramático, estremecedor, lleno de metáforas poéticas, con una impecable dirección de Edgar Álvarez Estrada, que maneja con habilidad la tensión del desarrollo de un montaje que va en crescendo.

Teatro documental en un espacio bien sencillo, pero funcional a los requerimientos, escenografía diseñada por Bethsabè  Vázquez y gran iluminación de Jorge Newmann.  “Me llamo Rachel Corrie” es el periplo de una joven mujer inscrita en una familia disfuncional, su ámbito universitario, su necesidad de amar y  el no ser correspondida, pero ante todo hace énfasis en su cúmulo de vivencias hacia un mundo desconocido; su visión de las abandonadas aldeas palestinas con varias carencias; su trabajo como voluntaria y solidaridad humana con miembros de un manicomio.

Y sobre todo y ante todo, mujer incandescente que no se quebranta en sus ideales, buen montaje, lo único que lo estorba un poco, es el video del final, que le resta teatralidad.  Pero en suma, es un espectáculo teatral que es necesario ver, puesto que conjuga realidad con reflexión, talento creativo con un mensaje de ¡Ya basta de conflictos bélicos “Me llamo Rachel Corrie” se presenta los miércoles a las 20 horas en el Teatro El Granero Xavier Rojas hasta el próximo 30 de noviembre.!
Por Perla Schwartz

 

http://www.biosstars-mx.com/news/11/rachel-corrie-2410163.html

 

Alan Rickman habla de la obra Me Llamo Rachel Corrie

En el Festival de teatro y cine de Edimburgo, Escocia, el actor ingles, Alan Rickman (mejor conocido por su papel en Harry potter), habla sobre el monologo creado solamente, a partir de  los diarios y correos electrónicos de la joven activista norteamericana, Rachel Corre.